La chica naturaleza

A Daira le gustaba mandar besos con sabor a miel en botellas de cristal a sus amigas las estrellas, para que éstas compartieran su felicidad con bellos movimientos mágicos y brillantes que cumplían deseos. Le gustaba perderse en el bosque y que los árboles le contaran sus secretos, mientras la suave brisa acariciaba cada parte de su cuerpo. Daira era pura elegancia, sus dulces movimientos mantenían al mundo en paz y armonía. Cantaba con los pájaros mientras las esponjosas nubes avanzaban por el cielo, y bailaba al son de las flores con las abejas. Siempre se tumbaba en la tierra húmeda para ver el arcoíris que se extendía por el cielo, mientras los rayos de sol de una fresca mañana calentaban cada poro de su piel. Le gustaba dormir bajo los cerezos rosados, mientras las flores se posaban en su pelo. Porque Daira tenía naturaleza hasta en los huesos. Su tez blanca como la nieve y sus labios rojos como la cereza producían un fuerte contraste con la hierba fresca de primavera. En las calurosas mañanas de verano se bañaba en el rio junto a las bonitas libélulas que se posaban en el agua, y de noche era alumbrada por las luciérnagas deslumbrantes que convertían el cielo en un espectáculo de luces. En otoño le gustaba saltar y hacer crujir las hojas secas mientras éstas caían con un suave vaivén. Y en los fríos días de invierno, frágil y apagada, las estrellas congeladas caían y cubrían su cuerpo durmiente convirtiéndolo en nieve. Porque Daira era naturaleza… la chica naturaleza.

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