En el momento en el que ví al Mr. Ryerson poniendo sus manos en el torso de Hank supe que debía hacer.Él le había dado el solo... el solo que debía haber cantado, y yo, Rachel Berry, nunca permito que me roben un solo.
Corrí por el pasillo hasta el despacho del director Figgins, y usé mis dotes de actriz para dramatizar la situación y hacer que mis ojos derramaran lágrimas en cuestión de segundos. Me senté rápidamente en la silla, en medio de un ataque, provocado, de histeria.
- Director Figgins... él le estaba tocando el torso... ¡ACARICIÁNDOLO!... eso está mal... ¡ESTÁ MUY MAL!
El Director Figgins, sin cambiar su expresión seria, me ofreció pañuelos y yo le correspondí cogiendo uno, enjugandome así mis lágrimas sin poder evitar sonreir. Rachel Berry lo había vuelto a conseguir, porque cualquiera que se interponga en mi sueño de actuar en Broadway, está acabado.
Tras una conversación con el director, y su promesa de que tomaría las decisiones oportunas, salí del despacho hacia mi taquilla.
La verdad es que no tengo nada en contra de los homosexuales, mis padres lo son, y les debo todo lo que sé. Me apuntaron a clases de baile y canto desde pequeña, y eso explica mi gran talento y competitividad. Si ellos no lo hubieran hecho habría sido una cualquiera mas, sin ningún talento, y yo he nacido para ser alguien.
Abrí mi taquilla y cogí mi pequeño trofeo de baile, aquel que gané con tan solo 3 meses, para darle un beso y volver a colocarlo en una de las baldas. Mi taquilla está entera llena de estrellas de diferentes colores, algunas rojas y otras brillantes como la luz del sol. Las estrellas son mi identidad, detrás de mi firma siempre coloco una estrella dorada, porque eso me define a mi como estrella. Trabajo duro todos los días, tanto en mis estudios, aprovechando la gran capacidad intelectual de la que me dotaron, como en mi futura carrera, practicando duro día a día.
Cerré mi taquilla y con ello mi templo de inspiración, para ser sorprendida por un líquido viscoso y congelado con sabor a mora. Me quedé en estado de shock, como siempre desde la primera vez que me llenaron de arriba a abajo de granizada, mientras Noah Puckerman, el artífice de la broma, se marchaba airoso riéndose con sus amigos de mi estado. Poco a poco acabé volviendo en mí, me limpié los ojos con las manos todo lo que pude y me marché corriendo al cuarto de baño abrumada por las múltiples risas que se escuchaban por el pasillo, que entraban en mis oídos deprimiéndome por momentos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario